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Max Aub: el cine con manual de instrucciones 
 
Rodaba una película como ayudante de dirección cuando huyó a Francia en plena guerra. Fue guionista, adaptador, libros suyos llegaron a la pantalla. E inventó la novela-guion. Una biografía de Buñuel ocupó el final de su carrera, pero quedó inacabada por su repentina muerte    
 
 
ALEJANDRO TORRÚS (@ATorrus)
Luis Buñuel dejó escrito que la forma de morir de Max Aub no le había disgustado. Llegó a decir que pudo ser incluso admirable. Si es que uno puede morirse de tal manera. Falleció de repente. Sin más aviso que el asalto de la oscuridad. “Me digo a veces que una muerte repentina es admirable, como la de mi amigo Max Aub, que murió de golpe jugando las cartas”, escribió el director de cine en Mi último suspiro. Aquel escritor que nació francés y vivió y luchó como español y republicano hasta los últimos días de su vida tuvo tino hasta para la muerte. Como si lo hubiera decidido de antemano. Rápida. Indolora. Justo un mes antes, en junio de 1972, había tomado otra decisión importante. Rechazó el premio Planeta, según desvelaron sus nietas en El País.
 
   Durante los 69 años anteriores, Max Aub demostró ser una de las mentes más brillantes y talentosas del siglo XX en España. Aunque naciera en París y tuviera la nacionalidad alemana de sus padres. Porque cada uno es de donde hace el bachillerato, como él mismo escribió. Aub cursó sus estudios en Valencia. Cuando regresó a España, en 1969 y tras casi 30 años de exilio, no reconocía al personal. Esa decepción la plasmaría en La gallina ciega. España era una cosa diferente. La contienda había quedado atrás. Se había consumado la derrota. Era 1 de abril de 1939. Otra vez.
 
 
Aun (izqda.) y André Malraux (con la cámara), durante el rodaje de 'Sierra de Teruel'
Aun (izqda.) y André Malraux (con la cámara), durante el rodaje de 'Sierra de Teruel'
 
 
 
   Hacia el final de la Guerra Civil salió Max Aub hacia Francia por los Pirineos. Era febrero de 1939. Rodaba en territorio republicano la película Sierra de Teruel, adaptación de la novela L’Espoir de André Malraux, quien también dirigía el filme. “Pasé de un set a los campos de concentración”, escribiría en el prólogo de Campo francés. Participó en la cinta como adjunto a la dirección, guionista… y de todo un poco: “Hice muchas otras cosas. Desgañitarme. Dormir poco. Y para descansar, discutir por la noche con Hemingway en el Hotel Majestic, una vez puesto a punto el trabajo del día siguiente”.
 
   Que Sierra de Teruel saliera adelante fue un verdadero milagro. El escritor y guionista francés Olivier Todd dijo lo siguiente sobre aquella aventura: “Se rodó mientras los leales a la República perdían la guerra. La impuntualidad y el eterno mañana multiplicaron las incertidumbres de la producción”. Aub se aventuró tiempo después a calificar el filme como “la expresión del fin de un mundo que habíamos soñado con cierta esperanza, quién sabe si cierta”. Fue su primer contacto directo con el cine. Solo el inicio. Porque Aub figura entre los literatos españoles que más incursiones han realizado en la ficción audiovisual. Como autor de obras llevadas al cine, como guionista, como adaptador de clásicos para la gran pantalla, como adjunto a la dirección… Pero sobre todo como creador de novela cinematográfica o novela-guion, un relato cuya lectura debe construir una película en la mente del lector, con las instrucciones que van aportando las acotaciones y los diálogos de los personajes.
 
   Se trata de Campo francés, la obra que repasa la experiencia de Aub en los campos de internamiento de Vernet y Djelfa, donde los hechos reales se mezclan con una parte de ficción: la historia de Julio, un hombre al que la policía detiene después de confundirlo con su hermano, un preso político que ha escapado del cautiverio. “Puestos a hacer de la novela gozo de los ojos, como quieren algunos, hártense aquí viendo lo escrito, que no hay otro modo de leer estas páginas”, advertía el propio autor en el prólogo.
 
   Epicteto Díaz, profesor de Filología en la Universidad Complutense, analiza en Max Aub entre el teatro, la narrativa y el cine cómo funciona la mencionada Campo francés: “El montaje de escenas hace que tengamos que recurrir a nuestra experiencia como espectadores de cine para completar el texto. (…) La narración queda reducida a una extensión mínima: en algún relato oral y en las acotaciones se encuentran menciones a acciones, pero otras son descriptivas. El punto de vista que se mantiene es objetivo, nunca tenemos acceso a la conciencia de los personajes, no conocemos sus pensamientos ni sus sensaciones, excepto por algunos indicios que suponen sus acciones o gestos.
 
 
 

 
 
 
Camino a Veracruz
El autor de Últimos cuentos de la guerra de España huyó de los campos y se embarcó hacia Veracruz (en México) desde Casablanca (Marruecos). Aub era un exiliado, pero los profesionales mexicanos del celuloide le recibieron con los brazos abiertos. Trabajó de guionista en más de una decena de películas a lo largo de los años cuarenta, de entre las cuales destacan El globo de Cantoya (Gilberto Martínez Solares, 1943) o La monja alférez (Emilio Gómez Muriel, 1944. “También adaptó a Stefan Zweig en Amok (Antonio Momplet, 1944) y escribió La viuda celosa (1945) a modo de versión de aquella obra de Lope de Vega titulada La viuda valenciana”, señala el periodista Guzmán Urrero en la revista The Cult. Más próxima en el tiempo se encuentra la cinta Soldados (Alfonso Ungría, 1978), que recrea la novela de Aub Las buenas intenciones. Y La virgen de la lujuria (Arturo Ripstein, 2002) llegó a la gran pantalla inspirada en La verdadera historia de la muerte de Franco.
 
   Imposible no hablar de la relación de este autor con Buñuel. Aub fue guionista junto a Luis Alcoriza, Juan Larrea, Pedro de Urdimalas y el propio Buñuel en Los olvidados (1950). Veía en el creador de Un perro andaluz al gran exponente del siglo XX. Una síntesis perfecta. El mejor acabado. Quizá por eso aceptó en 1967 el encargo de escribir la biografía de su amigo. La iniciativa partió de la editorial Aguilar. “No escogí a Luis Buñuel. Me lo ofrecieron en matrimonio. Creí que me convenía: su manera de intentar recordar lo mejor de mi pasado [...]. Más que vidas paralelas, las nuestras fueron cruzadas [...] Los dos somos desterrados”, sentenció Aub.
 
   El biógrafo sabía que el tiempo corría en su contra. Acumuló horas y horas de entrevistas con el cineasta. Recortes de prensa. Imágenes. Los documentos llegaron a 5.000 páginas entre folios, cuartillas, manuscritos y “mecanoscritos” que se conservan hoy en la Fundación Max Aub. Pero el polifacético autor jamás entregó el trabajo. El material fue publicado en 1986 por aquella editorial dentro de la obra Conversaciones con Luis Buñuel y recientemente en Luis Buñuel, novela.
 
   Él mismo había advertido del miedo que tenía a no cumplir su compromiso. “Necesito acabar este libro y que no acabe él conmigo”, anotó. Desde Aguilar señalan: “Su empeño fue hacer una obra magna que pudiera cerrar toda su vida de escritor, consciente de que era lo último que escribía. Por eso necesitaba decirlo todo”. Decir lo que fue y no dejaron ser a su generación, la de los grandes soñadores de una España republicana, la Residencia de Estudiantes, la vanguardia europea, la guerra, el espíritu del 98 y la Generación del 27. Pero Aub falleció en 1972. Jugando a las cartas. De repente. De manera incluso admirable. 
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